viernes, 18 de septiembre de 2026

 

Las mujeres y su lucha diaria

Una sociedad se autodefine en cierto modo según el nivel económico, social, político y cultural. En toda sociedad existe un círculo más o menos amplio de “perdedores”, sea que hayan ganado alguna vez, que vayan a ganar algo o lo más probable que nazcan y mueran en el anonimato de sus vidas, apenas visibles, subsistentes. El asunto se agrava, en cambio, cuando gran parte de la población que acaba de emigrar del campo a la ciudad, se agrupa en las urbes en condiciones infrahumanas.

En el cono sur de nuestra ciudad se ubica uno de los distritos más pujantes, “Villa El Salvador”, que está centrado y rodeado de zonas áridas. Muchos o la mayoría de su población son provincianos que han emigrado a la ciudad pensando encontrar un mejor destino.

Un sol abrasador nos recibe, un síntoma que nuestra estadía en esta parte de la ciudad será sofocante, felizmente llevamos ropas ligeras. Caminando en la arena caliente, subiendo y bajando por las calles, logramos ubicar la casa de la presidenta de la central de Comedores Comunales del cono sur que nos recibe con cierto recelo.

Pero, luego logramos que ella nos relate su experiencia como dirigente barrial. “Me llamo Paola Gamboa y estoy en el cargo dos años”. Ama de casa que por la necesidad decidió participar activamente en esta organización, la señora es de una figura menuda, delgada, tez trigueña y acento provinciano.

La organización a la que ella pertenece y preside data desde 1990. Las madres de familia se vieron en la imperiosa necesidad de formar este tipo de organización a consecuencia del “fujischok”, el presupuesto no les alcanzaba ni siquiera para alimentarse o llevarse tal vez un pan a la boca. Ante la crisis que estaban sufriendo decidieron agruparse y formar una “olla común”. Este método de ayuda consistía en que cada vecino participara con algún alimento o dinero, de esta manera pudieron aplacar el temporal y dar de comer a sus hijos. Fue una solución inmediata que nació por parte de ellas. Se tuvo apoyo del PES (Programa Social de Emergencia) a raíz que sus dirigentes reclamaron alimentos, pero solo duró tres meses, avanzando en este tipo de apoyo pidieron donaciones a instituciones privadas, el apoyo es una vez al año pero con los sobrantes que tienen los clubes de madres.

“No recibimos apoyo del Gobierno, somos comedores comunales autogestionarios, es evidente que todos los partidos políticos traten de buscar clientelaje político…” en estos comedores las propias madres de familia son las encargadas de preparar los alimentos, quienes reciben una ración diaria, y están empadronados en un cuaderno, cada poblador paga por el almuerzo solo S/. 1.50.

Pagar por un almuerzo esa cantidad parece irrisorio, “no se puede decir que sea nutriente pero son alimentos para llenar el estómago”, nos dice la dirigente mostrándonos el lugar donde cocinan 160 a 180 raciones que se preparan para este sector, no hay raciones fijas, en el tiempo más crítico llegaron a preparar 400 raciones. El lugar es relativamente pequeño porque la mayor parte la ocupan las tremendas ollas, tienen dos cocinas industriales que no se dan abasto para la cocción de los alimentos, pero a pesar de todo esto la comida parece apetitosa y da ganas de probar, no podemos hacerlo porque ya tiene dueño…

Así como este comedor, han surgido otros por la misma necesidad, y la primera acción que realizan es de llevar sus propias ollas y luego transcurrido un tiempo se las han ingenian para adquirir utensilios y otras cosas necesarias para el comedor.

En Lima y Callao existen 2,500 comedores y a nivel nacional 7,000 comedores en condiciones similares, sin apoyo del Gobierno no pueden hacer mucho, han presentado un proyecto que fue promulgado y convertida en ley en el año 1991. Sin embargo, todo sigue igual, no tienen presupuesto y no les han asignado alguno.

Hay casi siete millones de peruanos en situación de pobreza extrema, ningún tipo de ayuda reciben del aparato estatal, todo es limitado a los sectores afectados. Preocupa la suerte del Programa de Emergencia. Con el hambre ni con la angustia se juega, hasta el momento parece que ello esta sucediendo, no existe población más castigada que la peruana, lo más terrible es ser la más burlada.

jueves, 3 de marzo de 2022

 




Nuestros viejos amigos rabudos

 (I Parte)

Mi madre siempre nos decía que cada perro asume el comportamiento de su dueño, eso lo aprendió de mi abuela Felicita, “Doña Fecha”, como era conocida en la familia. En nuestra familia siempre teníamos como compañía a nuestros queridos perros, algunos de porte pequeño o de porte grande. A través de todo este tiempo, cada uno de ellos nos ha dejado algún recuerdo o anécdota que podemos recordar con cariño, y la característica que cada uno de ellos poseía era de tener un nombre muy particular. El primer perro que tuvimos como mascota en casa fue llamado de “Jazmín”, era un perrito cruzado, de pelaje blanco que parecía un carnerito. Llegó en una caja de cartón de las antiguas galletas “San Jorge”, aún vivíamos en Lince, en la avenida Canevaro. “Jazmín” fue nuestro compañero de aventuras por las calles de Lince. Siempre nos recibía con cariño, cada vez que llegábamos del colegio. Cuando nos mudamos a Los Sauces en Surquillo tuvo más libertad para poder recorrer a sus anchas. La casa que mis padres siempre soñaron se hizo realidad, ya la familia se había completado con la llegada de mi hermana Erika, era el año de 1974, en pleno Gobierno Militar. La casa que mi madre escogió queda cerca de un parque y hace parte el entorno de un pequeño condominio. “Jazmín” ya era un perro “maltón” que podía estar a sus anchas sin ningún problema. Mi hermano “Coqui” gustaba de llamarlo de “Jazmín pirulo socotroco”, nuestro perro agradecía moviendo la cola y ladrando, como si quisiera hablar y estar de acuerdo de lo que escuchaba. Siempre nos acompañaba en todas nuestra travesuras en casa o en la calle, era un perro obediente y querido.

 Pocos años después mis padres deciden modificar la casa, amplian la parte de enfrente y modifican por completo la fachada de la casa así como la parte interior, fueron muchos meses de construcción. Los materiales para la obras siempre en la entrada de la casa (arena, piedras, ladrillos, bolsas de cemento y fierros) y el continuo ruido de los trabajadores que realizaban el trabajo. La etapa del llenado del techado siempre era realizada por un grupo de personas que se cachuelaban esa jornada por un almuerzo y un dinero, el maestro de obra los contrataba para realizar ese arduo trabajo, que era el de llevar unos tachos de lata con la mezcla de arena, piedras y cemento. Podían durar una jornada diaria de trabajo, mis hermanos y yo siempre observando todo lo que realizaban y mi madre siempre gritándonos para evitar que podamos ensuciarnos o pisar algún lugar errado de la construcción.

El garaje ganó espacio desde la vereda de entrada a la casa, lo que hacía de noche un espacio oscuro sobretodo en las noches, las paredes estaban tarrajeadas, el falso piso y los puntos de luz estaban inacabados y habían dos accesos, uno era por la puerta de la cocina y otro por la por la parte lateral que daba directamente a la sala.

 Jazmín siempre gustaba de pasear por las calles y regresar a la casa, siempre esperando hechado en la puerta de la cocina y entrar cuando alguien abriera la puerta, el día después del techado nadie lo hechó de menos a Jazmín, Coqui fue el primero en verlo hechado cuando abrió la puerta de la cocina pero no vio nada extraño. Cuando fui a comprar el pan y el periódico como todos los días, Jazmín ya se había movido de posición y mostraba su cuerpo con el pelo ensangrentado, solo me quedó gritar que mi perro estaba herido.

Todos saltaron de la cama y fue una gritería por lo que le había sucedido a nuestro perro, mi padre lo cargó y lo envolvió en una sábana y de forma apresurada llevarlo en el carrito verde a la veterinaria Miraflores que estaba ubicada en la avenida Santa Cruz, y a la que solíamos llevarlo para que tome sus vacunas y baño, en casa quedamos con mi madre angustiados por lo que había sucedido a nuestra querida mascota, fueron horas de espera, en casa el silencio y la tristeza reinó y cada uno rezaba silenciosamente para que Jazmín regrese con su alegría de siempre. Escuchamos llegar el carrito verde y estacionarse en el garaje, con solo ver la expresión del rostro de mi padre y no escuchar el ladrido de Jazmín sabíamos que había sucedido lo peor.

 Mi padre retiraba y cargaba el cuerpo inerte de nuestra mascota en sus brazos, y nos relató que Jazmín no pudo resistir a las heridas causados por un arma punzocortante que afectó seriamente órganos internos a pesar de todo el empeño de los veterinarios para salvarlo. La casa todavía conservaba un jardín que estaba en la parte de fondo y se decidió darle sepultura a nuestro perrito de infinitas aventuras. Luego de aquel triste episodio en casa se empezó a tejer que había sucedido con Jazmín, y se comenzó a recrear los hechos sobre una hipótesis. Estando oscuro el garaje y tener un libre acceso, algún malchehor aprovechando la oscuridad y sabiendo por donde podía ingresar habría comenzando a palaquear una de las puertas, en este caso, la que daba acceso a la cocina y seguramente Jazmín en su vuelta a casa habría sorprendio al maleante y atacado como lo hace cualquier perro para defender su guarida de personas extrañas, recibiendo el ataque con un fierro punzocortante que lo hirió mortalmente.

 La casualidad de este hecho fue un día después del techado que hicieron en casa, seguramente en ese grupo formaba parte algún delincuente ya había estado pensando en realizar el robo en casa pero no contó con la bravura de nuestro recordado y querido Jazmín.

El tiempo pasó y una noche mi padre aparece con un lindo perrito de la raza Cocker Spaniel, mi tía Jesús, más conocida como la tía China fue quien le dio el perrito como obsequio a su hermano, en ese instante se ganó el cariño de todos y mi hermano Toño lo bautizó con el nombre de Pipper, a raíz del nombre de una avioneta que se había siniestrado en algún lugar de la selva peruana y era noticia por aquella época. «Pipper» con sus orejotas y su pelaje color caramelo ocupó el lugar que había dejado Jazmín, dormía en la cocina por ser aún cachorrito para después hacerlo en el garaje. Al comienzo le dábamos ración para posteriormente darle su propia comida que consistía en camote y algunas carnes que sobraban o pescuezos de pollo que devoraba en cuestión de minutos. «Pipper» creció y se convitió en un ejemplar de Cocker Spaniel bonito, podía estar comiendo todo el tiempo, un perro noble que siempre mostraba simpatía. Igual que Jazmín, Pipper también se familiarizó con las calles y el parque cerca de casa. Podíamos abrir la puerta y sin necesidad de alguna correa podíamos dejarlo libre y esperar su vuelta. Cuando llegaba la hora del desayuno, almuerzo o cena en un rincón de la cocina o debajo de la mesa estaba descansando «Pipper» y al llamado de su nombre se coloca en atención para recibir algún pedazo de pan o comida que podíamos compartir con él. Era un experto, se sentaba sobre sus patas traseras y con realizar el movimiento de cabeza pescaba en el aire su apreciado manjar. Cuando sabía que la comida estaba servida y con su olfato peculiar esperaba que todos estemos sentado en la mesa para que se sentara y con sus dos patitas delanteras las moviera pidiendo comida, de esa forma se ganaba el cariño y parte de nuestra comida, Juana que servía los alimentos lo regañaba siempre diciendo: Pipper afuera!!! y nuestra mascota de forma pausada caminaba hacia el garaje con la cabeza agachada, después hacía una pausa y giraba su cabeza y nos miraba como si estuviera pensando «ya vas a ver chata, que en cualquier momento voy a entrar sin que me veas», así transcurrió la compañia de «Pipper» en la familia.

 Por esa época mi tío Benjamín adquiere un perro de la raza Boxer, y lo llama «Rocky», un lindo ejemplar característico de esa raza, con orejas cortadas y su porte de pedigree, muy similiar a las imágenes que veíamos en los libros o en alguna película. El tío Benjamín fue compadre de mi padre y a raíz de ello se visitaban ya sea en casa o en la casa de él con largar charlas con su respectiva bebida de pisco, el famoso «chilcano» que gustaba de beber y en esas de las tantas conversaciones mi tío Benjamín con el vaso en la mano le dice a mi padre: Compadre, usted y sus hijos recibirán el primer hijo de mi perro «Rocky» y creo que los chicos van adorar ese regalo.

El tío Benjamín acertó en su decisión, el cachorrito de pelaje atigrado llegó para robarse toda nuestra atención, de hocico totalmente negro el pequeño perro de raza boxer, fue recibido por todos con cariño, le pusimos por nombre de «Bronco», desde cachorrito ya demostraba bravura, su profesor de vivencias era Pipper, como perro antiguo de casa compartieron el garaje sin problemas, convivieron y compartieron la seguridad de la casa. «Bronco», como era de una raza mediana, comenzó a crecer y dejar de ser el cachorrito que llegó en casa. Por indicación del tío Benjamin, se le puso a un entrenador, fue así, que se contrató a un señor que entrenaba un perro de raza afgana en el parque cerca de casa. «Bronco» era adiestrado todos los fines de semana, regresaba en casa cansado y con la lengua afuera, solo para beber agua y dormir. El adiestramiento hizo efecto, «Bronco» se convirtió en perro obediente, obedecia en palabras en alemán como «sitzen» (siéntate), «Achtung» (atención).

Todas las mañanas, abríamos la puerta y salía disparado para hacer sus necesidades en el parque, corría a sus anchas y saltaba en compañia de «Pipper», nosotros siempre vigilándolos desde la azotea o desde la puerta de casa. Ellos obedientemente regresaban a casa.

Uno de los hechos más peculiares que involucró a nuestro recordado «Bronco» fueron las peleas colosales con el perro de raza doberman de los Almeida al que llamaron de «Lord», parecian dos boxeadores que a mordiscos se enfrentaban sin parar, llegaban a estar en dos patas y con la bravura de dos gladiadores romanos, ni el llamado por su nombres o con baldes de agua podíamos separarlos. «Lord» siempre fue un perro traicionero y cobarde, que podía atacar a perros pequeños o a personas. «Bronco» era todo lo contrario, podía disfrutar de jugar con cualquier niño a pesar de su feroz aspecto.

 Mi padre decidió cruzar a «Pipper», como en casa había espacio suficiente, no habría problemas de tener a otro perro. A «Pipper» lo llevamos a la veterinaria «Miraflores» para poder realizar el cruzamiento respectiva con ayuda de los veterinarios, el acuerdo con la otra parte fue que la camada sería dividida, pasaron los meses y recibimos dos crías de Pipper pero que eran perritas, que posteriormente las entregamos de regalo a un amigo de nuestro padre, el italiano, al que todos lo conocíamos com el «gringo Burelli» y a Elena para que podamos tener de cerca a las crías de nuestro perro.

La familia que tenía a la otra camada se había quedado con un cachorrito, que al parecer comenzó a tener problemas, y avisó a nuestro padre si quería el perrito porque ellos no sabían que hacer a pesar de los cuidados veterinarios. Una noche aparece, nuestro padre en brazos con el alicaido perrito que al recibirlo nos saluda con lamidas pero caminando con dificultad. Al día siguiente lo llevamos a la veterinaria Missiego, que estaba cerca de casa y que era el veterinario de nuestro perro «Bronco». Lo examina y nos dice : «Si, ustedes aman a este perrito. Van a tener que darle suero cada hora para poder rehabilitarlo, eso ya depende de ustedes...». Llegando en casa, procedimos a realizar el plan encomendado por el veterinario, ya mi hermano Toño lo había bautizado como «Snoopy» por ser un perrito pequeñito como el dibujo animado de Charles Schulz y compañero de Charlie Brown. Compramos las bolsitas salvadoras que eran diluidas en agua para ser extraidas con una jeringa para poder suministrar a «Snoopy», para ello habíamos colocado el despertador cada hora para realizar ese procedimiento.

La felicidad reinó en casa, «Snoppy» logró pasar ese trance adverso con el que llegó en casa, ya su pequeño cuerpo respondió satisfactoriamente al líquido suministrado por indicación del veterinario. Estaba recuperado y volvió a tener esa alegría que cualquier perrito lo tiene cuando está rodeado de personas. «Pipper», «Bronco» y ahora «Snoopy» se convirtieron en nuestros compañeros de juegos, nuestros «amigos de la guarda», a los que supimos darle cariño y recibirlo recíprocramente. Algunas veces llevaba a «Bronco» a correr conmigo ya sea por el barrio o podíamos ir hasta las playas de la Costa verde, siempre antes de las 6 de la mañana. Mi padre, sabiendo de ello, decide llevar a nuestros perros en la maletera del carro a la playa, siempre en tiempo de invierno, ya que las playas estaban desiertas por el clima reinante y la baja temperatura que por esa época tiene la ciudad de Lima. La playa «Redondo» era la escogida, «Pipper» y «Snoopy» se juntaban a «Bronco» y podian recorrer la orilla del mar y tomar un baño de mar saltando sobre las olas, nuestros perros disfrutaban sin parar, «Bronco» era el más juguetón, mi padre jugaba con él como si fuera su hijo o nieto, lanzándole una pelota de jebe al mar y que de forma obediente saltaba sobre las olas y regresaba con rapidez con el objeto en su boca, podía salir disparado como un cohete del agua hasta derribar cualquier objeto o persona que estuviera en su paso.

 La hora del regreso era más complicado, ya que teníamos que subir toda la avenida Armendariz, la subida era demoledora ya que se necesitaba mucho esfuerzo, a pesar de ello, «Bronco» como una mascota fiel, obedecía y subíamos sin parar hasta la prolongación de la Vía Expresa. Mi padre se encargaría de llevar de regreso a «Pipper» y «Snoopy» en la maletera del carro, cansados, mojados y llenos de arena. Las tres mascotas se reencontraban de nuevo en el garaje de la casa, para recibir su baño de mangera respectivo y beber mucha agua por el esfuerzo realizado esa mañana. Podiamos sentir una paz, sin ningún ladrido, puesto que nuestros perros estaban tan cansados que solo se levantaban cuando era la hora de comer.

Como los seres humanos, los perros tienen un determinado tiempo de vida, pueden acompañarnos por años y dependiendo de las circunstancias ser lonjevos, como sucedió con «Pipper», que llegó a tener 15 años, en 1986 nos dejó nuestro querido perro, ya había perdido los sentidos de oir y de ver, hechado en el pequeño jardín próximo a la entrada de casa, suspiró sus últimos momentos de vida. Sería nuestra segunda mascota que se llevaba todas nuestras vivencias de niñez, lo habíamos recibimos con cariño cuando era un cachorrito, era uno de esos perros que solo le faltaba hablar...

domingo, 7 de noviembre de 2021

Primer día de clases

Era finales de los años 70's, ya mis padres habían adquirido la casa que siempre soñaron. Toda la zona alrededor de la nueva urbanización estaba en construcción. Ya habíamos disfrutado del verano, yendo en familia a disfrutar las playas de la Costa verde en nuestro carro al que llamábamos del "carrito verde". Las clases en el colegio comenzarían a la semana siguiente, ya mis padres nos habían matriculado. Seguiríamos estudiando en el Colegio San José de Monterrico, por esa época íbamos solo los tres hijos mayores, mis hermanos Toño, Coqui y yo, ya mi hermano Miguel, todavía pequeño, estaba matriculado en un nido cerca de casa y mi hermana Erika que todavía estaba empezando a saber a caminar.

Mi madre era la encargada de preparar y ordenar nuestros útiles escolares, la mesa principal de la sala servía de apoyo para forrar los cuadernos y libros con el protector Vinifan, con sus respectivas etiquetas en donde colocarían nuestros nombres. Mis hermanos y yo también participábamos ayudando a pegar y forrar. Cada uno tenía su maletín en donde colocarían sus cuadernos, libros y lápices. Como el horario de estudio era desde la 8 de la mañana hasta la 1 de la tarde. También llevaríamos nuestras respectivas loncheras. Se sentía el olor de "todo nuevo". Mis padres nos compraron nuestras loncheras de marca Aladdin con sus respectivos componentes, el vaso plástico con su tapa para llevar algún jugo de fruta y el tapper para llevar un sandwich.

El día domingo había que dejar todo listo, nuestro primer día de clases iba a ser al día siguiente. Con los uniformes nuevos, camisa blanca, pantalón y chompa de color plomo y la insignia del colegio en el pecho íbamos a tomar el desayuno, mi padre, como de costumbre nos llevaría al colegio y regresaríamos de microbús. Ya no teníamos movilidad contratada que nos llevara y trajera de vuelta a casa.

El primer día de clases en el colegio transcurrió sin problemas, íbamos a conocer a nuevos compañeros y profesores, así como, de los cursos a estudiar todos los días, y de otras directrices que la dirección del colegio iba informando por los parlantes. El toque de refrigerio era a las 11 de la mañana. Podíamos "estrenar" con la mayor satisfacción nuestras nuevas loncheras. Mi madre nos había preparado quaker en vez de jugo con su respectivo pan con camote y una manzana. Lo consumimos y saboreamos sin problemas. Yo como era el más pequeño de mis hermanos, tendría que esperarlos al toque de timbre de salida y de esa manera acompañarnos para volver a casa.
El paradero del micro omnibus de la línea "Chacarilla" pasaba a dos cuadras del colegio. Mi hermano mayor, Toño, era quien tenía siempre el dinero para pagar los pasajes. Tendríamos que bajar en el paradero que nos dejara cerca para luego caminar hasta llegar en casa con los pesados maletines y las loncheras vacías. Ese día mis hermanos decidieron bajarse a la altura del actual Hospital del cáncer, el cual por aquella época estaba en construcción, así como el coliseo Dibós. La actual avenida Aviación llegaba hasta cierto punto y la urbanización La Calera estaba en plena construccion. El trayecto a casa nos llevaría aproximadamente 30 minutos, cortando camino pasábamos por pistas de tierra o de futuros parques, yo era comparsa de mis hermanos mayores. Ellos siempre jugando con cualquier cosa que encontraban en la calle, estando en la avenida principal podíamos decir que ya estábamos en casa, ya que atravesando el pasaje podíamos llegar a la plazuela cerca de casa.
Es en ese momento, no sé si por cansancio o travesura, Toño de forma sorpresiva da una patada sobre la lonchera de Coqui haciéndole un hueco, y este de forma rápida se volteó y levantó su pierna zurda que dejó atónito y con la boca abierta a Toño porque reventó en pleno la lonchera y solo lo dejó sosteniendo la manija, todo estaba esparcido sobre el jardín de la familia Del Aguila. Yo desde atrás observaba con asombro lo sucedido. Las loncheras que por la mañana estaban nuevas e intactas, no existían más. Yo era el único que regresé con el maletín y la lonchera como me habían enviado al colegio. Al entrar en casa y saludar a nuestra madre mis hermanos siguieron discutiendo del bochornoso hecho. Ya mi madre nos tendría preparada su venganza al día siguiente.
En efecto, Doña Emma, mi madre de carácter fuerte, no se hacía problemas. Sabía lidiar con ese tipo de situaciones. En vez del vaso de plástico Aladdin nos colocó el quaker en una botella verde de la gaseosa "Bimbo" con corcho y una bolsa en vez de tapper el pan con huevo o con camote según el día. Mis hermanos se rehusaron en llevar ese tipo de "lonchera" para no pasar vergüenza en el colegio. Por aquella travesura del primer día de clase de mis dos hermanos mayores pagué el pato, solo yo ,fui el único en aceptar y llevar mi botella "Bimbo" con corcho y mi pan con camote junto con mis libros y cuadernos, solo quedó mi lonchera Aladdin como mudo testigo escondida en algún rincón de la casa para nunca más aparecer.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Súbete a mi moto, moto, moto

En los años 80's había un grupo que hacía sensación en las adolescentes y niñas. El grupo Menudo conformado por 5 muchachos portorriqueños con sus canciones pegajosas y sus bailes hacían furor. Las radios tocaban a cada momento sus canciones. Quien tenía una hermana, prima o amiga podía tener a una fanática apasionada por ese grupo de muchachos. Posters, revistas y sobretodo discos se vendían más que cualquier cantante o banda musical de aquella época. Mi hermana y primas no escapan de ser parte de ese grupo de niñas que al escuchar una canción de Los Menudos, comenzaban a cantar y bailar. Un disco de Menudo podía ser el mejor regalo que cualquiera niña quería tener. Mi hermano Miguel y mi primo Gustavo odiaban a rabiar a los Menudos, siempre haciendo añicos cualquier souvenir que caían en sus manos. En una de las visitas que siempre realizábamos a nuestros primos coincidió con la llegada del tío Eduardo, que siempre estaba viajando por cuestiones de trabajo. Mis primas Vanessa, Kathy y mi hermana Erika entre sus juegos intercalaban cantar y bailar a su grupo favorito. Mi primo Gustavo al escuchar que sus hermanas iban a colocar para tocar a los "famosos" Menudo. Nos dice: "Primos van a ver que voy a hacer con ese disco...", con su cara sudada y su cabello alborotado y una risa maquiavélica desapareció rápidamente para regresar con un clavo en la mano. Mientras mis primas y hermana se estaban preparando para bailar al ritmo del grupo Menudo. Gustavo de forma sigilosa sustraía el Long Play y nos lo muestra y comienza a pasar el clavo sobre el disco, rallándolo, la expresión de su cara riéndose hacía recordar al muñeco diabólico "Chucky". Colocó de nuevo dentro de la capa sin colocar alguna sospecha. Mis primas y hermana sin saberlo colocan el disco para tocarlo comenzado su show y se escuchaba a todo volumen en la sala de la casa:
"Paso día y noche, corriendo por ti,
En mi moto doy mil vueltas a tu casa,
Buscando ser feliz,
Y hago mil piruetas por llamar tu atención,
Y del ruido los vecinos y tus padres.
Ya no pueden vivir.
Súbete a mi moto, moto, moto, moto..."
Gustavo reía y celebraba su acto de venganza contagiándonos también a reírnos. Quienes gritaban quejándose eran mis primas, su regalo más preciado había sido estropeado. Mi tía María, aparece en la sala y pregunta que estaba sucediendo, mis primas llorando acusan a su hermano Gustavo de haber rallado el disco de Menudo. El tío Eduardo escuchaba lo sucedido en el comedor y aparece con una correa a la que llamaba de "Beethoven", Gustavo ya sabía que iba a suceder..."Chico malcriado, para que no lo hagas otra vez..." decía el tío Eduardo. Mi primo Gustavo recibió dos latigazos y el llanto por el dolor se mezclaban con su característica risa cachacienta cuando realizaba alguna travesura.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Un jugo muy especial


Los fines de semana, casi siempre la familia estaba reunida. El día domingo de cada quincena, mis padres realizaban lo que nosotros llamábamos de "hacer el mercado", las compras eran de todos los alimentos que se necesitaban en casa. No hacía falta que mis padres nos pidieran para acompañarlos, quien quería ya estaba sentado en el carro para ayudarlos, ya que posteriormente recibiríamos una jugosa recompensa. El recorrido era corto, el mercado número 2 de Surquillo era el escogido. El bullicio característico de todo mercado con los vendedores ofreciendo a voz de cuello sus productos, gente recorriendo por los pasadizos de los puestos con sus canastas para llevar las compras del día. Mi madre era la encargada de hacer las compras, con un listado en manos, se ubicaba en unos de sus puestos favoritos..."buenos días cacerita..." Le saludaba la vendedora y mi madre comenzaba a dictar los productos que iba a comprar. Mientras ella estaba ocupada con esas compras, mi padre nos llevaba a los puestos de jugos. Se podía sentir los aromas de las frutas, de la miel y del sonido estruendoso del motor de la licuadora. Nos sentábamos en unos banquitos de madera alrededor del mostrador. La pizarra con los nombres de los jugos y sus precios estaba ubicada en un lugar estratégico y el encargado, a quien llamábamos de "Juguero", estaba listo para recibir la orden y prepararnos lo que le indicábamos, en efecto, mi padre pedía para nosotros un jugo que se llamaba "El especial". El "juguero" ya tenía previamente cortadas las frutas en un pequeño vaso con tiras de zanahoria y beterraga. De forma magistral colocaba en el vaso de la licuadora cada componente, agregaba el agua de piña que estaba en un recipiente, un toque de azúcar y un chorro de leche. Nosotros mirábamos con ansias que terminase y saborear el jugo. Para finalizar, mientras licuaba agregaba un huevo crudo y un toque de algarrobina. Colocaba unos vasos de vidrio de gran tamaño en fila india enfrente de nuestras narices y con maestría vertía el jugo a través de un colador. Bebíamos el jugo y la mistura de las frutas provocaba una sensación indescriptible en nuestro paladar, era nuestro primer "desayuno", mi padre también hacia parte de ese ritual semanal que con satisfacción ofrecía a sus hijos. Para recrear esa etapa de mi niñez, de vez en cuando me preparo ese tipo de jugo, con solo saborear me transporta de forma mágica para aquella mañana en el mercado de Surquillo.

jueves, 30 de septiembre de 2021

La frazada Lustradora


Cuando teníamos pocos meses de haber ingresado al colegio, siempre nos pasaban revista de cuadra, cama y ropero. El teniente de compañía era el encargado de la revisión, él daba su veredicto, todo debía estar impecable. Para no tener problemas, y dejar el piso de la cuadra como un “espejo” se empleaba a un voluntario para ser llevado dentro de una frazada y ser arrastrado por todo el piso de la cuadra. Había un cadete pequeñito muy parlanchín apellidado Villalba Saldaña “feto”, que casi siempre era quien se prestaba para hacer el lustrado. Todo el personal de la cuadra tomaba parte, el cadete Villalba era llevado de arriba para abajo, al final de aquella “faena” siempre acaba “apanado” y nunca supo que la frazada que se usaba era suya.

Los borceguies perdidos


En la época que estudiábamos el 4to. año, tuvimos un enfrentamiento con las “vacas” de la 37, y el jefe de batallón decretó que nos castiguen por falta a la autoridad, después de la “hora de cadete” fuimos directo al estadio en donde corrimos sin parar hasta bordear la medianoche y después sin tiempo para darnos un baño, tuvimos que dormir con el uniforme puesto. A partir de ese hecho, nos cambiaron de monitores y nos enviaron a los más “matones” para calmar nuestro vejamen. Para tan mala suerte, a la 9na. sección le tocó bailar con la más fea, enviaron al panameño Vega, un moreno que medía 1.90, al lado de él parecíamos soldaditos de plomo. Nadie se le podía empalar, y todos los domingos por la noche nos pasaba revista en pijama y nos castigaba con el colgador en la mano. Ya cansados de esa rutina dolorida alguien de la cuadra decidió romper el interruptor, tuvimos que cambiarnos de ropa a oscuras por varios meses, todo ello era para evitar aquel maltrato. La venganza más recordada con mucha jocosidad hasta el día de hoy fue la substracción de los apreciados borceguíes de paracaidista, del monitor Vega y que todos los llamaban de “panameños” porque solo ellos los usaban dentro del colegio. Una mañana cuando salimos a formar, el famoso monitor se apareció “calzando” sus sayonaras con medias, nadie podía contener la risa al ver ese espectáculo. Al siguiente año muy orondo el cadete "Beto" Sánchez lucía los famosos borceguíes “perdidos”.

Nuestros queridos profesores




En 3er. Año, en las clases de matemáticas teníamos un profesor, el cual tenía el apodo de “sérpico”, era un tipo delgado y que casi siempre usaba barba y bigote, llegó en reemplazo del profesor Astocaza, gustaba vestirse con casaca de cuero y con un pantalón de vastas acampanadas, lentes oscuros, cabello largo, y borceguíes. Era odiado y temido por los alumnos, jalaba a casi toda la sección y por ello se le tenía cólera. Un día de clase hubo un “palomilla” al que se le ocurrió la forma de “vengarse”, y no tuvo mejor manera de colocarle una masa pegajosa en su “querida” casaca…ya se imaginaran su reacción y su represalia personal, desaprobando a muchos de la sección a fin de año. Muchos tuvimos que hacer vacacional para aprobar el curso de matemáticas en pleno verano de 1983.
En 4to. Año, tuvimos al profesor de matemáticas, Vílchez , un tipo muy recto a la hora de impartir sus clases y que no gustaba de algún disturbio, nos trataba como si fuera un instructor militar, cada vez que llegaba al aula, con su compás y escuadra gigantes y se sentaba en su pupitre, pasaba lista e “invitaba” a un grupo de cadetes a abandonar el salón de clase, y siempre entre ellos estaba el famoso cadete “chanchez chanchez”, al que le decía que era mejor tenerlo lejos de su presencia porque siempre estaba haciendo cualquier cosa menos estudiar matemáticas… Alguien por ahí escuchó que el profesor lo retó a una contienda para arreglar el asunto como los hombres.
Otro profesor muy “querido”, era el del curso de Biología (4to. Año), Chávez Mego, un tipo cascarrabias, como palomillas de aquella época casi quemamos el laboratorio de Química al manipular instrumentos sin su consentimiento, y fuimos separados de las clases, solo nos quedó esperar la hora del examen final o la famosa 5ta. nota, por ahí se corrió el rumor que la prueba iba a ser difícil, y como en la novela de Mario Vargas Llosa, “La ciudad y los perros”, ciertos alumnos robaron varias pruebas de la secretaria académica y descubierto ese caso, los profesores de varios cursos tuvieron que hacer nuevos exámenes para ser impresos y cumplir con el cronograma de fin de año. Para felicidad de todos, el examen de biología no fue nada difícil y la mayoría de la sección fue aprobada, solamente quedó el recuerdo de quienes alguna vez tuvimos alma de “piromaniacos".
En 5to. Año el curso de música, el profesor era conocido como “pajarito”, un profesor más bueno que el pan, muy buena gente, asistíamos al salón de música para escuchar música clásica, el cual estaba ubicado al lado de los baños en la primera planta del pabellón de Las Américas, en donde nos daría una clase de los principales compositores, y casi todos, para no decir la mayoría nos poníamos a dormir en las bancas al ritmo de Vivaldi, Bach o Beethoven y pasar las dos horas académicas con Orfeo. Al final de año toda la sección fue aprobada con nota sobresaliente.

El dulce botín



Por las noches, en las cuadras hacían siempre su aparición los famosos “malacates”, era el personal civil que hacía diversos trabajos en el colegio y para obtener un dinero extra vendía todo tipo de golosinas que era ofrecida a los cadetes. Llegaban con sus cajas llenas y se retiraban contentos por su venta nocturna. Burlaban la seguridad de suboficiales y oficiales, porque estaba prohibido que personal civil tuviera presencia en las cuadras.

En la 9na sección, teníamos un grupo que se autodenominó la “manchita”, hacían sin números de travesuras propios de su edad. Y en una de esas noches decidieron conseguir aquellas golosinas sin hacer pago alguno, llamaron al malacate dentro de la cuadra y lo entretuvieron preguntando los productos que vendía, cuando él menos imaginaba era cubierto por una frazada y de forma inmediata la manchita desaparecía llevándose el “dulce” botín, a raíz de aquel episodio por un tiempo los malacates desaparecieron, no podían quejarse porque el negocio que realizaban no estaba permitido. Meses después hacían su aparición pero con mucho sigilo para no ser víctimas otra vez del famoso “grupito”.

lunes, 27 de septiembre de 2021

El avión


Tendría 4 años y hasta el día de hoy lo recuerdo. Vivíamos en Lince, en el tercer piso de la propiedad del abuelo Gregorio, "Don Goyo", era una tarde de agosto, y se podían ver las cometas volando encima de la Av. Canevaro y Garcilazo. Mi madre como era su costumbre estaba en la pequeña lavandería, retirando las ropas para después colocarlas en el cordel de la azotea. Yo estaba observando en el pequeño balcón todos los techos de las casas de la calle Garcilazo, acompañado del ruido de la lavadora como las cometas sobrevolaban y hacían piruetas al comando de los niños y jóvenes morenos que vivían en aquel lugar. Había una cometa, que todos la conocíamos de "avión", que comenzó a perder vuelo, a pesar de los esfuerzos de sus maniobristas, se escuchaban voces que iba a caer, yo seguía observando cuando de forma sorpresiva la cometa comienza a perder vuelo cayendo cerca del balcón donde estaba, quedando enredada. Toño, mi hermano mayor, apareció de modo sorpresivo con una tijera cortando el pabilo y tomando la cometa para posteriormente entrar en casa rápidamente para esconderla debajo de la cama. Yo continuaba como mudo testigo de lo que estaba sucediendo. Escuchaba voces y la aparición de tres a cuatro morenos que de manera acrobática habían subido por los techos preguntando a gritos por la cometa. La aparición de mi madre como una fiera y una escoba en manos para espantarlos a dejar el balcón. Ella me apartó y les grito que llamaría a la policía. Los morenos se esfumaron con las manos vacías y decepcionados.

La cometa permaneció escondida debajo de la cama, como un nuevo juguete, mis hermanos Toño y Coqui decidieron llevarla a la casa de los abuelos en Mirones Bajo. Y un fin de semana hizo su aparición el tío Edmundo con la combi del abuelo "Don Goyo". Para evitar cualquier problema y alguien viera "el avión" perdido, mis hermanos la cubrieron con una manta y de forma cuidadosa la bajaron por las escaleras hasta introducirla en la combi. Partimos como era la costumbre de todos los fines de semana hacia la casa de los abuelos. Las caras de satisfacción y de alegría podía percibir en mis hermanos, ya tenían un nuevo juguete para poder disfrutar el fin de semana. Compraron una madeja de pabilo y la hicieron volar cerca del colegio, que quedaba cerca a la casa de los abuelos, yo contemplaba como ellos se divertían a sus anchas haciendo volar "el avión" que nunca más voló por las calles de Lince...

El polo Mickey Mouse


Miguel desde pequeño fue un niño inquieto, siempre haciendo cualquier travesura de su edad. Pero gustaba de jugar con niños mayores que él, ya sea jugando pelota, lingo, bata o policías y ladrones. Era un líder dentro de los niños de su edad. Mi madre sufría porque cada vez que regresaba a casa, le decía: "pareces que has trapeado el piso de la calle...", él solía sonreír sin maldad y sin saber responder el por qué.

Eran tiempos que la familia se visitaba, recibíamos con alegría a los tíos, primos y familiares en casa, por aquella época de los años 80. El tío Benjamín y la tía Hilda siempre solían visitarnos y compartir con mis padres largas conversaciones y que años después se convierten en compadres haciendo más profundo esa amistad familiar. Ellos solían viajar a los Estados Unidos a visitar a su única hija que residía en ese país. En uno de sus tantos viajes, la tía Hilda trae algunos recuerdos de su visita a Disneyworld y le entrega a mi hermano Miguel un polo del ratón famoso Mickey Mouse, no fue casual ese regalo, ya que el nombre de aquella caricatura famosa era el nombre Miguel en inglés.
Mi hermano no esperó alguna ocasión para poder lucir el polo nuevo, recibió de las manos de mi tía agradeciendo y en ese momento desgarró la bolsa y se colocó el polo.
No sé que habrá pasado en la cabeza de mi hermano Miguel, que decidió usar el polo de Mickey Mouse todos los días, el niño que fue por esa época lo usaría como una "marca registrada". No esperaba que mi madre lavase aquel valioso regalo, ya que lo utilizaba de forma diaria, después del colegio y todos los fines de semana era la prenda favorita a utilizar.

Todas las noches, en la lavandería del jardín cantando lavaba de manera secreta su polo de Mickey y lo colgaba en el cordel para posteriormente vestirlo en casa o en la calle jugando con sus amigos. El polo amarillo que fue, comenzó a perder el color y la figura del famoso ratoncito comenzó a desgastarse, el uso diario y frecuente le comenzaba a pasarle factura, pero para Miguel no había problema en seguir usándolo. El tiempo transcurrió, el niño que fue creció y el deterioro del uso hizo que el famoso polo nunca más fuera usado por él. Ni mis padres, hermanos ni yo le preguntamos que había sucedido con su polo favorito, Mickey Mouse desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastros...

Recuerdos de niñez


Recuerdo que vivíamos en un departamento ubicado en el tercer piso de la Av. Canevaro, distrito de Lince. Era una de las tres propiedades que poseía mi abuelo Gregorio Castro Neyra, desde muy joven fue una persona emprendedora, logró comprar dos lotes, uno se quedó con él el otro lote se lo cedió a su primo hermano Florencio sin recibir algún pago. Mi abuelo construyó su propiedad para poder vivir de sus rentas de alquiler, construyó una tienda en la parte delantera del terreno con su respectiva trastienda, un corredor en el lado izquierdo que conectaba el fondo de la propiedad, el segundo y el tercer piso. La azotea quedaba en la parte de encima de la tienda y que alguna vez fue escenario de los primeros juegos con mis hermanos. Mis primeras evocaciones de niñez me trasladan al recuerdo de mi madre cuidándonos y mi padre trabajando. Cuando nací ya tenía a mis dos hermanos mayores. Mis primeras vivencias transcurrieron entre las calles de Lince y la casa de mis abuelitos maternos. Mi padre aún no poseía un carro para trasladarnos, con mi madre y hermanos realizábamos ese viaje de fin de semana a la casa de mis abuelos, siempre de ómnibus. Yo como el menor de mis hermanos era la comparsa de ellos en todo lo que hacían, por esa época teníamos nuestro televisor de blanco y negro de marca Philco, los tres nos sentábamos para ver los dibujos como “El hombre de acero, “Sombrita”, “Fantasmagórico”, “Birdman”, las series “Los invasores”, “viaje a las estrellas”, o los programas infantiles del Tío Johnny y de “Yola Polastri”, los acompañaba en cualquier juego que participaban. Veía como jugaban a las bolitas, con el trompo, los malabares que hacían con el yo-yo, los vuelos de las cometas de papel o los primeros juegos de pelota.

Vivíamos entre las calles Francisco de Zela y Garcilazo de la Vega. A pocas cuadras estaba el Parque Ramón Castilla, al cual acudíamos en grupo conformado por los primos que vivían en el mismo barrio, “Toño” y “Coqui”, mis dos hermanos, mis primos Rodolfo ”perita”, Jorge Luis, y otros chicos de nuestra edad que vivían en la misma cuadra, mi hermano “Toño” decía que éramos la “pandilla crí-crí-crí”. En el parque podíamos sentirnos dueños de la situación, jugábamos sin medir el tiempo, sin ninguna preocupación, comíamos todo lo que los vendedores ofrecían: canchita, barquillos, algodón, manzana acaramelada, marcianos de fruta, eran tiempos que podíamos disfrutar sin peligro. También hacíamos recorridos jalando nuestros carritos de juguete por las diferentes calles de Lince, podíamos alejarnos de casa sin medir las consecuencias, una vez llegamos hasta el parque “Matamula” lo que hoy se conoce como el parque de los Próceres. Los primeros días de escuela las pasé en un pequeño colegio llamado “San Pablo”, lugar en donde recuerdo que me sentaba en unas bancas a cantar y a pintar. Mis hermanos iban al colegio “Santa María Cleofé” que estaba en la calle León Velarde.

El pequeño departamento en que vivíamos mi padre se lo alquilaba a mi abuelo Gregorio, en el segundo piso vivía el hermano de mi padre, Cástulo y que era conocido como “Atocha”, él también era inquilino de mi abuelo, allí moraba con sus hijos “Pacho”, “Goya”, “Chabuca”, Jorge Luis y su entenado Carlos. Mi tío ya había enviudado de mi tía Yolanda. En mi memoria permanecen los pocos recuerdos que tenga de ella, cada vez que bajaba por las escaleras a jugar pasaba por la puerta del departamento en que vivían y la veía sentada en su silla trabajando en su máquina de coser, mi tío Cástulo no se volvió a casar, supo criar a sus hijos, la mejor herencia que les dejó fue una buena educación, todos ellos ahora son profesionales.

Las calles angostas del distrito es una característica que hasta el día de hoy perdura. Por aquella época se podía encontrar dentro de ese paisaje “linceño” numerosos negocios, la tienda que llamábamos de “La Pascuala”, la tienda del chino “Nico”, el restaurant “corazón contento”, la paradita de la esquina, la botica “Oriente”, “El Café Enriques”, La pollería “El Dragón”, el cine “Ollanta”, la tienda de electrodoméstico Philco, la agencia del Jockey Club del Perú.

Cuando mi padre adquiere su primer automóvil nos sentimos mis hermanos y yo los niños más felices, podíamos disfrutar de los paseos, el auto fue conocido como el carrito “verde”, de marca Datsun, de faros redondos y de una carrocería fuerte. El carro llegó para quedarse por mucho tiempo dentro de nuestra familia. Todos los fines de semana íbamos a la casa de los abuelos, casa que está ubicada en el barrio de Mirones Bajo. Llegar a la casa de mis abuelitos para nosotros era una fiesta, a parte de visitarlos y sentir su cariño, la casa se transformaba en un jardín de infancia. Disfrutábamos de jugar en su casa, porque allí podíamos intercambiar nuestros juegos infantiles con los quehaceres que se debían tener con los animales, la casa tenía esa magia que cualquier niño podía quedar encantado. Mis abuelos criaban a sus animales en el fondo de la casa. Poseían una especie de corral. Había animales de diversos tipos, aquellos animales hacían parte muchas veces del menú diario de la casa. Era una especie de “minizoológico” la pata que graznaba seguida de sus patitos, el gallo que cantaba aleteando sus alas, la gallina cacareando con sus pollitos, los conejos que saltaban de un lado al otro, y el famoso “palomar” que estaba compuesto por una infinidad de palomas de diferentes tamaños y colores de plumaje que se acurrucaban en los diferentes nidos que se habían fabricado para ese fin. A parte de la infinidad de gatos que merodeaban por el techo de la casa y de algunos perros que habitaban en la casa por aquellos años. Mis padres llamaban cariñosamente a mis abuelos como Doña "Fesha”, ella se llamaba Felicita y a mi abuelo de Don "Goyo”, él se llamaba Gregorio. Los viejitos enseñaban a sus nietos el cuidado y el cariño que se debía tener con los animales. Ellos se levantaban muy temprano para darles de comer, a cada animal se le tenía que preparar su alimento.

La hora del almuerzo era un festival, sentarse a la mesa con los abuelos y departir sus comidas pienso que son las mejores cosas que un niño puede disfrutar. Pero antes de cada almuerzo, mi abuelo nos colocaba en fila india para beber una copita con la sangre del pichón de paloma recién sacrificada y lo mezclaba con vino, nos decía: -“para que tengan la sangre fuerte y se libren de las enfermedades”-, los pichones iban a ser el almuerzo del día. Doña “Fesha” los acompañaba con tallarines rojos, y su infaltable sopa de verduras. Mi abuela gustaba de cocinar y de atender con el mejor placer a sus invitados. Todos éramos felices, disfrutábamos los fines de semana con camaradería. La casa se llenaba de gente los días de celebración por el día de la madre o del día del padre, de igual forma las fiestas de navidad eran infaltables en la casa de Doña “Fesha”, mi abuelita se esmeraba en organizar y en decorar la casa, con sus caras de Papa Noel de plástico, las guirnaldas, las luces de colores, el árbol de navidad, y lo más lindo que recuerdo con cariño y nostalgia era el pesebre que representaba el nacimiento del niño Jesús, siempre estaba ubicado en una esquina de la sala de la casa. Con el papel pintado formando cerros multicolores, y la cantidad de muñequitos que acompañaban daban el espectáculo, parecía una pintura medieval, tenía cada detalle que parecía una obra perfecta. Mi abuelo era el encargado de darle el último adiós al pavo de la cena de nochebuena, lo preparaba antes, él decía que para que la carne del pavo no quedara dura había que emborracharlo previamente, en efecto, amarraba al pavo en un lugar del corral para darle de beber. Solo quedaban él y el pavo, parecían dos amigos que se estaban despidiendo, nos hacía retirar del lugar para no ver el triste final de aquel plumífero. En todas las fiestas de navidad siempre escuchábamos los villancicos, canciones con mensajes de paz y amor, la mesa se llenaba del pavo recién horneado, el panetón, el champagne, las tazas con chocolate caliente. Antes de las doce, por orden de mi abuelita todos nos reuníamos alrededor del pesebre armado a rezar un pasaje de la Biblia y esperábamos las doce para ver al niño nacer. Luego se hacía el reparto de los regalos, y la celebración de la navidad, el sentimiento que se respiraba en el ambiente era de total felicidad.

Tiempo después la familia aumentó, la llegada de mi hermano Miguel que después creció, se unió al grupo de nietos, era el más pequeño. Los años pasaron, mis padres compraron en 1974 la casa que siempre soñaron, por aquella época nacía mi hermana Erika, los niños que éramos pasamos a ser adolescentes pero los abuelos ya comenzaban a tener los problemas de salud, mi abuela falleció en 1978 y mi abuelo en 1981, con ellos se fue toda nuestra vivencia infantil, nuestras primeras anécdotas, la forma cariñosa en que nos trataban nuestros abuelos, poco a poco desapareció el calor en que nos gustaba estar, la casa de los abuelos sin ellos ya no era lo mismo, el sonido de los animales se apagó, el ritual de las comidas también. Solo quedó la casa como un testigo mudo de aquellos años maravillosos.

El calzoncillo prestado



Era 3er año en una de las cuadras del pabellón Duilio Poggi, una tarde cualquiera después del almuerzo, descansando en la cuadra, aproveché para hacer una pequeña siesta antes del llamado del Sub-Oficial Uchuypoma para las clases Pre-militar. De pronto, entra de forma rauda el cadete que pertenecía a "la manchita" de la 9na sección a la cuadra, abre su ropero y coloca su uniforme de salida encima de su cama, alguien de la sección le pregunta que estaba haciendo y él le responde que tiene permiso de salida para regresar de noche. Cualquier cadete podría pedir una salida extraordinaria por cumpleaños o por otro motivo y que el Sub-oficial a cargo daba el visto bueno y el permiso a través de una papeleta que debía entregarse en la guardia que era sellado y firmado por el oficial de guardia.

El cadete con prisa agarró su toalla, calzó sus sandalias y salió corriendo a los malacates para tomar el baño respectivo. Al regreso abre su ropero y comienza a buscar sus prendas interiores en este caso, su calzoncillo. Escucho un murmullo que quiebra mi siesta y escucho decir al cadete: "tamare estoy sin calzoncillo", yo estaba hechado en mi cama en el camarote de enfrente mirando su reacción. Los componentes de la manchita se juntan a él y comienzan a tratar de solucionar el problema. Miran a todos lados y preguntan si alguien tiene un calzoncillo que puedan prestar al cadete nadie responde... Me llaman y preguntan de voz baja: Paredes tienes algún calzoncillo que le puedas prestar? Y yo sin dudar les respondo que sí. La cara del cadete de angustia pasó al de felicidad. Les digo que solo es abrir mi ropero y buscarlo. Se lo entrego y le digo: "no te olvides de devolvérmelo limpio y planchado el próximo fin de semana"... ya han pasado 38 años hasta el día de hoy estoy esperando la devolución de mi calzoncillo. 

EL SUEÑO DE JUANITA



Sentada en el lugar de siempre, recostada en la puerta de entrada del hostal maloliente que cada noche es nido de amor de furtivas parejas, Juanita es un personaje conocido por aquellas personas. Siempre está rodeada de sus canastas compuestas de cigarrillos, golosinas, envases de gaseosas, y diversos tipos de comida chatarra que cada noche les ofrece. Trasnocha todos los días, soportando el viento frío nocturno que cala en sus huesos pequeños de la sufrida mujer, ella conoce a la perfección a todos los personajes que transitan por el pedazo de vereda que ocupa, es como su segundo hogar, la pequeña mujer curtida por los años se quedó profundamente dormida, en espera del deseo que la acompañó desde siempre… Ver de nuevo a sus hijitos, así los llamaba a pesar del tiempo transcurrido, salieron de casa para nunca más volver, había olvidado que sus hijos ya eran hombres y no los niños que en su momento estuvieron bajo su cuidado.


La última vez que estuvieron juntos fue cuando la trajinada mujer invadió un lugar para vivir llamado “La Tablada”, lugar rodeado de arenales, en donde el sol en la época de verano hacía que el arenal se convierta en un verdadero horno, difícil de soportar sin los servicios básicos que cualquier lugar podría tener, es una zona alejada de la gran ciudad, como ella había muchos casos de madres solteras, parejas de jóvenes que no tenían donde morar, la esperanza de poseer un lugar en donde cobijar sus cuerpos. Juanita con los pocos recursos que tenía logró levantar un pequeño cerco del terreno que tomó posesión, se las ingenió para tener su “casita”, como ella siempre le gustaba llamarla. No sabía si ese esfuerzo valía la pena, pasaba las noches con mucha melancolía, sentarse en la mesa y ver que no había nadie a su alrededor hacía siempre derramar las pocas lágrimas que le quedaban. No tenía televisor, solo un pequeño radio a pilas que recibió de regalo por el día de la madre, lo encendía para tener un poco de sonido en casa.

El pequeño cuerpo de la mujer todavía tiene fuerzas para seguir en la brega, a pesar de trabajar en las mañanas como doméstica ocupa un sitio en la esquina de aquel barrio populoso, lo hacía con fin de olvidar que tenía hijos, olvidar que tiene una pena ausente y por ello prefería pasar el resto del día lejos de casa, recordarlos hacía que la pobre mujer siga sufriendo la vida que llevaba. Comparte las noches con gente de mal vivir: rateritos, fumones y prostitutas cada bloque de cemento de aquella calle.

Lamentándose de su mala suerte…
¿Qué habré hecho mal, por qué Dios me paga así?, siempre se preguntaba… Sabes Juan, es mejor estar muerta, porque vivir con este dolor que me aflige y recordar que alguna vez tuve hijos me deprime, es un sufrimiento tan profundo que difícilmente podré borrarlo. No saber de ellos, si comen, si duermen, si alguna vez recordaron que tuvieron una madre… yo ya no tendría control de mí, haría cualquier locura como el de aventarme debajo de las llantas de cualquier auto que pase por la avenida, pero antes me tomaría una botella de cualquier licor barato para emborracharme.

Desde que tuvo uso de razón solo supo de lavar, planchar, cocinar y hacer todos los quehaceres de casa, nació para servir y sufrir. Su baja estatura nunca le fue impedimento para realizar las cosas que le eran encomendadas. Recuerda que había nacido en la ciudad de Huacho, y que desde muy pequeña salió de aquella ciudad de la cual jamás regresó -ni para el entierro de su madre- Su vida transcurrió entre la cocina y el comedor de sus patrones de las casas donde le tocó trabajar, cada cual con sus diferentes maneras de vivir. Se las ingeniaba a pesar de que no sabía leer y escribir. Un hecho le marco para siempre, en su juventud se enamoró de un personaje de mal vivir y fruto de esa furtiva unión recuerda que engendró un niño, que luego por su ignorancia y por el temor de perder la vida, dejó que la madre de aquel maleante le arrebatara para siempre a su primer hijo, a quien nunca le dio el cariño maternal, ni siquiera lo pudo llamar por su nombre, a pesar de que en ocasiones lo observaba cuando lo llevaban al colegio, se le partía el corazón al verlo crecer lejos de su cuidado, se secaba las lágrimas y pensaba si algún día podría tocarlo y hablarle que ella era su madre, el tiempo después le dio una oportunidad. Una persona que frecuentaba la casa de sus ocasionales patrones se hizo amiga de ella y entablaron una amistad, ella más por curiosidad, porque dicha persona era una dirigente vecinal y conocía a muchas personas, cierta vez en una conversación la nueva amiga le comentó que conocía a la familia de su hijo, le dijo que podía hablar con él para marcar un encuentro. Juanita no salía de su asombro, Dios le había dado la oportunidad que como madre había buscado por mucho tiempo. La amiga pactó el encuentro, estaba nerviosa cuando lo saludó, al tratar de reconocerlo en sus recuerdos tuvo una rara sensación, ya no era lo mismo, era un abrazo frío sin ese calor que uno siente al hacerlo a una persona querida, era como ver por primera vez a un ser extraño, sus sentimientos se habían apagado, el corazón de madre no representaba nada, fue una sensación de vacío, los años le habían cicatrizado aquella herida que alguna vez representó un fuerte dolor.

La primera vivienda que tuvo en Lima fue un cuartito en la avenida Del Ejército, cerca del cuartel San Martín, un corralón tugurizado en el cual compartían un solo caño y un solo baño con las demás personas, dentro ese cuarto vivía con el padre de sus hijos de una segunda relación y sus hijos Enrique y Godofredo. No pasó mucho tiempo para dejar aquel lugar, decidió aceptar en compañía de sus hijos ser la guardiana de un pequeño edificio en la avenida Angamos, en Miraflores. Trabajó en aquel lugar por mucho tiempo, hasta que cansada de los malos tratos de las personas, prefirió volver a trabajar como empleada del hogar. Por mucho años estuvo en esa vaivén, trabajaba de lunes a sábado y los días domingos eran sus días de descanso. Descanso que los aprovechaba en visitar a sus hijos o salir con sus amigos.

Cuando las fuerzas la acompañaban, los días domingos los disfrutaba al máximo, ella era una asidua concurrente de las famosas fiestas chichas que se realizaban en la Carretera Central bailando al ritmo de los grupos tropicales de aquella época, “Chacalón y su nueva Crema”, “Los Shapis”, “Viko y su grupo “Karicia”. Cada domingo de forma religiosa se vestía con sus mejores ropas, se colocaba una blusa llamativa y pantalones ajustados de color extravagante. El maquillaje la hacía parecer un maniquí de bolsillo y para que ello no ocurra, calzaba unos suecos de doble suela que le hacía parecer de un tamaño normal. La pequeña mujer sin ninguna preocupación se deleitaba al ritmo musical, bailando y bebiendo sin parar en la compañía de sus amigos ocasionales, para ella era como una terapia semanal, conversaba, reía, enamoraba, Juanita se sentía dueña de la situación, todo ello terminaba cuando la música dejaba de tocar y las luces del local se apagaban, regresaba a casa con la preocupación que al día siguiente volvía a sus quehaceres diarios.

-Abuelita despierta, tienes que llevarnos al colegio, ya se hace tarde- Le decían las niñas. Ella seguía entumida dentro de su cama cubierta con una frazada que a las justas podía cubrirla, su perro “capone” ladraba de forma exagerada y ella continuaba sin responder, Sus nietas comienzan a sacudirla hasta que el llanto de las niñas, de repente la hizo levantar, sorprendida como si estuviera en otro lugar, su pequeño cuerpo de a pocos se reanima, se pasa las manos por sus cabellos blancos, viste una blusa que cubre su piel arrugada por los años, sus gruesas piernas calzan sus gastadas sayonaras llenas de polvo callejero, abraza con todas sus fuerzas a sus nietas que lloran juntas con ella sin preguntarles el por qué. Sintió que regresaba en el tiempo, era como una película, pero la protagonista era ella. Sus “chunchitas”, como Juanita las llamaba de cariño, eran la continuación de su vida, iba a ser la madre de ellas, todo lo que había pensado hacer una vez antes de forma errónea, lo dejaría de lado para poder darles lo mejor hasta que el cuerpo le pida un descanso y le pase la factura.

El sueño de Juanita había sido un vago recuerdo de todo lo que pasó en la vida. La compañía de sus nietas ocupa ahora el lugar de sus hijos que partieron de casa con rumbo desconocido. Solo Enrique dio noticias, estaba viviendo en Juanjuí, en un caserío alejado de la ciudad, había regresado en uno de sus viajes para dejar a sus hijas para que Juanita las cuidara, nunca quiso revelar en que trabajaba, prefirió quedar en silencio. Las noticias de su hermano ’’godo”  que Enrique dio para Juanita no eran de las más alentadoras, lo había visto una sola vez vendiendo herramientas agrícolas por los diversos caseríos de aquella zona. Desde ese encuentro, perdió todo contacto y nunca más lo volvería a ver.

Juanita como madre y mujer que siempre luchó en la vida a pesar de sus limitaciones ruega todos los días por sus hijos, a pesar de los ingratos que son con ella. Sueña que un día tendrá a toda su familia reunida en su humilde hogar, compartiendo con sus hijos y nietas, los momentos perdidos, imagina a todos sentados en una mesa disfrutando de un banquete preparado por ella. Quiere que la vida le brinde el mejor regalo que nunca recibió hasta ahora, tener a sus hijos en casa, y que nunca más se separen del seno materno.

Ahora quién es papayita...?




Siempre éramos “el patito feo” de nuestra categoría, la participación de la XXXVIII promoción en las olimpiadas de exalumnos tenía una concurrencia muy esporádica. Tal vez la culpa de todo ello, fue porque en aquel lejano año del 2003, pocos promocionales concurrían a las actividades deportivas, un pequeño grupo que se solía ver en los reencuentros. Nos daba un poco de envidia cómo las otras promociones se vanagloriaban de sus triunfos y sus atletas con orgullo lucían sus medallas obtenidas. A pesar de ser las comparsas en el cuadro de honor de las premiaciones, nuestra promoción se hacía presente y la relación con las demás promociones de la categoría se hacía más familiar. La clave en todo ello sería tener un portavoz o un delegado de deportes, quien podría estar informando de las actividades y de las fechas de las competencias. La reunión de delegados de deportes, en aquella época se hacía en las instalaciones del Círculo Militar, al mando del ex cadete leonciopradino Manuel Péndola. La reunión se empezaba pasado el mediodía. Los delegados de deportes de cada categoría se ponían de acuerdo con las programaciones, con sorteos o la forma como se estructuraba la forma de competencia.

Me daba un tiempo para asistir a dichas reuniones, y comencé a cultivar algunas amistades con ex cadetes de diferentes promociones, cada reunión podría tener algunas divergencias, se podría entender que cada delegado deseaba lo mejor para su promoción, pero que finalmente terminada con mucha camaradería. Cada semana iba religiosamente a la reunión de delegados y esa fecha se dedicaba a la recta final de las olimpiadas con la disciplina de fulbito. Había que esperar nuestro turno, en esa época, éramos la última categoría, estábamos solo dos delegados, el de la 39 y yo. Nos sometimos al sorteo, saqué el papelito y salimos sorteados para comenzar el partido clasificatorio. Lo recuerdo como si fuera ayer, la frase que dijo: “Uy la 38 es papayita”, solo me quedó sonreír y decirle que los bravos se ven en la cancha… Me encargué de enviar correos electrónicos y confirmar por teléfono la asistencia de los “peloteros” de la promoción.

Me levanté temprano y alisté mis cosas, las coloqué en el maletín, tomé prestado los guantes de arquero de mi hermano, los llevaba si es que faltaba el arquero, todo ello era una premonición… Ese día como toda competencia leonciopradina, el colegio militar reunía a todas las promociones por categorías, con sus respectivas barras y la compañía de sus familiares, la fiesta estaba por comenzar, cada uno iba llegando y saludaba a los demás, la mañana transcurría y esperábamos la llegada de los demás muchachos. Nos juntamos en las gradas para espectar los partidos de las otras categorías. Logramos confirmar los 6 jugadores más tres suplentes. Salimos a la cancha debidamente uniformados, con nuestra camiseta roja y negra horizontal inspirada en un equipo brasileño El partido ya estaba por comenzar, la barra de la 38 nos alentaba a pesar de que solo eran 5 personas más los suplentes. Comenzamos con el siguiente equipo: Arturo Vargas en el arco (para luego ceder su puesto en el segundo tiempo), yo y Javier “Canguro” Morales en la defensa, John Prado, en el mediocampo y como delanteros  Alberto Mendiola y Gustavo “Guto” Paredes. Nuestro contrincante, la 39, tenía una barra muy numerosa. El partido empezó con un baldazo de agua fría, en menos de 5 minutos ya estábamos perdiendo por 2-0, y otra descoordinación entre la defensa y el arquero, la 39 nos anota otro gol. Muchos pensaban que otra vez seríamos vapuleados y eliminados, el marcador no se movió y finalizó el primer tiempo 3-0. Nos reunimos en el entretiempo, y decidimos hacer cambios en el equipo, había que remontar el marcador en contra, solo teníamos 15 minutos para hacerlo. Pedí al arquero para que me ceda el puesto y aceptó, tenía los guantes que por la mañana los había colocado en mi maletín, movimos una pieza en la defensa, hizo su ingreso “Quique” Samanamud y salimos el segundo tiempo para afrontar el juego. La 39 confiada por la ventaja comenzó a jugar a voluntad pensando que nosotros ya habíamos desistido del partido y cuál sería la sorpresa que en pocos minutos anotamos nuestro primer gol y enseguida el segundo. Yo me batía como una fiera en el arco, sacando bolas increíbles y tapando cualquier ataque, la defensa comenzó a responder a la altura, los delanteros corrían más que el primer tiempo, hubo algunos cambios, para poder refrescar el equipo, hacían su ingreso “Beto” Sánchez, José "panadero" Ramos Huacho, Gino Alvez Milho, quien ingresaba daba una inyección de ánimo, que se traslucía en sus miradas, que sí podíamos ganar el partido, la adrenalina estaba en su máxima expresión, cada jugada se hacía con garra, todos marcábamos, nadie daba una pelota por perdida, el arco para la 39 se había cerrado, tanta era la emoción que la pequeña barra de la 38 conformada por “El abuelo” Williams, Virgilio Chávez, José “Pepe” Alva., Miguel Sandoval, Luiggi Eléspuru desde la tribuna, gritaban a todo pulmón... gritaban más que la adversaria. Hubo una discusión por un saque lateral, pero no pasó de un pequeño altercado. Antes de finalizar el partido empatábamos el partido. El marcador acabó con un empate de 3-3. El árbitro llamó a los capitanes y se decidió que habría un tiempo suplementario corrido con gol de “oro”, el partido acababa cuando cualquier equipo anotaba un gol.

Sonó el silbato y de nuevo estábamos en la cancha, el ganador pasaría a disputar la final de la categoría, el juego siguió su marcha con el pundonor de cada equipo, ningún jugador daba su brazo a torcer, las barras eran un espectáculo aparte. La jugada comienza en nuestra área, Javier “Canguro” Morales le da un pase magistral a “Guto” Paredes y define con un tremendo zapatazo, decretando la finalización del partido. Habíamos remontado el marcador y ganábamos con gol de “oro” 4-3. Era nuestra victoria y clasificación a la final. Todos corrimos a felicitar al autor del gol formando una pirámide humana, la alegría era indescriptible. Después estaba gritando como un loco “ahora quién es papayita…” lo gritaba golpeándome el pecho a toda la barra de la 39, la persona que había dicho la frase solo le quedó hacer un gesto de disgusto y aceptar la derrota. Clasificamos por mérito propio y con mucha vergüenza deportiva, remontando un marcador adverso. Este partido quedará grabado en las retinas de todos quienes participaron en aquella tarde deportiva. Por primera vez íbamos a disputar nuestra medalla de oro, pero eso es otra historia…

El Colegio Militar que conocí...




Transcurría el año de 1977, era el segundo gobierno militar, Francisco Morales Bermúdez nos gobernaba, yo tenía por esa época nueve años. Ese verano, mi padre llegó con un ejemplar de las revistas del Concurso de Admisión del Colegio Militar “Leoncio Prado”, se lo dio a mi hermano Carlos, más conocido en casa como “Toño”, mis hermanos y yo después le dimos una ojeada al ejemplar. En la portada de la revista estaba la foto del frontis del Colegio Militar, las fotos eran en blanco y negro, el contenido brindaba todas las bondades que la institución daría al futuro cadete, la formación académica y militar. La descripción de las instalaciones con sus respectivas fotos y los uniformes que el cadete leonciopradino vestiría durante su permanencia, durante los tres años respetivos. Mi hermano Carlos, durante El verano del 77 se dedicó a estudiar y a prepararse físicamente. Ya para comienzos de abril, haría su ingreso al Colegio Militar. La primera visita fue aquella mañana que mis padres y hermanos lo despedimos desde las rejas que separan la guardia de la Av. Costanera. Después, fue durante las visitas respectivas que tenían derecho los nuevos cadetes, pude entrar y recorrer y familiarizarme con las instalaciones del CMLP.

La estatua del patrono del Colegio, Coronel Leoncio Prado Gutiérrez, el pabellón Central, las cuadras de cadetes, la enfermería, los casinos, el comedor principal, el Patio de Armas, la pista de combate, el estadio.

Al año siguiente se repitió la rutina con mi hermano Víctor, conocido en casa como “Coqui” y seguí visitando el colegio, aparte de las conversaciones que escuchaba de mis dos hermanos, que siendo cadetes leonciopradinos hablaban con términos que no me eran familiares, “La diana”, “Los malacates”, “la hora del rancho”, “imaginaria”, “los casinos”, “estar a esta”, “cabreado”, “tirar contra”...

El tiempo pasó e hice mi ingreso al colegio militar en 1982; ya vistiendo el uniforme verde olivo haría parte de la trigésima octava promoción, curse los tres años egresando el año de 1984. Durante los tres años recorrí de punta a punta las instalaciones de la vieja Guardia Chalaça, transformada en el imponente Colegio Militar. Durante ese tiempo trascurrió mi vida de cadete entre las cuadras, que serían nuestras habitaciones, el patio de Armas en donde se formaba el batallón para pasar lista dos veces al día, el comedor de cadetes, los pabellones de aulas, el auditorio, que cada miércoles podíamos disfrutar de alguna película, el estadio de tantas competiciones deportivas, la enfermería en la cual visitaba a mis amigos convalecientes de alguna enfermedad, los casinos que visitábamos en la famosa hora de cadete, el casino de La “curvilínea” de Erika, el casino que quedaba cerca de las canchas de tenis, la pista de combate ubicada frente del pabellón Duilio Poggi, la canchita de pasto, más conocida como “La Perlita”, que está nombrada en la novela “La Ciudad y los Perros” de Mario Vargas Llosa, la Siberia, el coliseo cerrado, donde disfrutábamos los juegos de básquet de la selección del colegio, la chanchería, Los malacates, que estaban ubicadon al lado izquierdo del Pabellón Miguel Grau en donde estaba el tercer año. Allí existían los sanitarios sin puerta y que era colindante con las duchas, duchas que en sí eran tubos ubicados en el techo en tres hileras, que recorrían todo el espacio y que tenían agujeros por donde brotaba el agua salada. También fue el lugar de encuentro para marcar alguna pelea entre promociones. Para tomar baño teníamos que trasladarnos hacia ese lugar, ya sea en época de frío o calor con la toalla a la cintura y con la jabonera en la mano.

Tiempo después regresé al colegio militar, ya como ex-cadete, para reencontrarme con los amigos que formaron parte de la Trigésima Octava promoción, desfilar de nuevo, entonando el himno de la promoción y pasar por el estrado oficial... era una descripción inolvidable que solo los cadetes leonciopradinos sabemos de eso. Las fotos respectivas, las tres hurras por la promoción, los abrazos interminables con promocionales que no veíamos años y el recorrido por el colegio para recordar nuestro paso por nuestro querido CMLP.

La sorpresa fue grande, los lugares que había una vez conocido ya no existían más o estaban clausurados. La Imprenta, el salón de juegos y el casino “misio” que estaban próximos a “la canchita de La Perlita” habían dejado de funcionar. Se cambió la entrada de la enfermería. El casino que estaba ubicado en la Siberia también fue adecuado como dormitorio para albergar a los PMs (policia militar). El pabellón de la Siberia, declarado en desuso y clausurado, fue llamado así porque en ese lugar la brisa del mar golpea con más fuerza y los vientos soplan constantemente haciendo un lugar muy frío, ya sea de día o de noche. La Siberia fue el pabellón de aulas en mi época que estudié el Quinto Año. Se utilizaba solo el primer piso, era un laberinto de salones con puertas muy angostas. Estaba terminante prohibido subir por las escaleras y acceder a los pisos superiores. Quien habitaba algún cuarto en ese lugar era el Suboficial Reyme. Alguna vez quebramos la prohibición y pudimos ver de cerca y recorrer cada pedazo del famoso pabellón. Se podía observar que estaba sin mantenimiento, catres oxidados, paredes despintadas y que en algunas se podían leer parte de himnos de las diferentes armas del ejército peruano, alguna maquetas militares, en fin, un lugar que estaba en desuso sin saber el por qué. Años después se prohíbe el uso como pabellón de aulas y es clausurado definitivamente. El pabellón de Quinto Año fue ubicado en donde estaba la canchita de la Perlita, haciendo que esta desapareciera definitivamente. Así también me dí con la sorpresa que “los malacates” dejaron de funcionar, han colocado una puerta con las cerraduras selladas, del mismo modo la pista de combate ha sido reducida para colocar una cancha para jugar fulbito y básquet.

No vamos a esperar que los lugares que conocimos algunas veces desaparezcan del paisaje leonciopradino, tenemos que hacer algo para que ello no suceda, no quiero que en alguna visita me encuentre con un letrero que diga “clausurado” o prohibido el ingreso al Colegio Militar ”Leoncio Prado” definitivamente…