Tendría 4 años y hasta el día de hoy lo recuerdo. Vivíamos en Lince, en el tercer piso de la propiedad del abuelo Gregorio, "Don Goyo", era una tarde de agosto, y se podían ver las cometas volando encima de la Av. Canevaro y Garcilazo. Mi madre como era su costumbre estaba en la pequeña lavandería, retirando las ropas para después colocarlas en el cordel de la azotea. Yo estaba observando en el pequeño balcón todos los techos de las casas de la calle Garcilazo, acompañado del ruido de la lavadora como las cometas sobrevolaban y hacían piruetas al comando de los niños y jóvenes morenos que vivían en aquel lugar. Había una cometa, que todos la conocíamos de "avión", que comenzó a perder vuelo, a pesar de los esfuerzos de sus maniobristas, se escuchaban voces que iba a caer, yo seguía observando cuando de forma sorpresiva la cometa comienza a perder vuelo cayendo cerca del balcón donde estaba, quedando enredada. Toño, mi hermano mayor, apareció de modo sorpresivo con una tijera cortando el pabilo y tomando la cometa para posteriormente entrar en casa rápidamente para esconderla debajo de la cama. Yo continuaba como mudo testigo de lo que estaba sucediendo. Escuchaba voces y la aparición de tres a cuatro morenos que de manera acrobática habían subido por los techos preguntando a gritos por la cometa. La aparición de mi madre como una fiera y una escoba en manos para espantarlos a dejar el balcón. Ella me apartó y les grito que llamaría a la policía. Los morenos se esfumaron con las manos vacías y decepcionados.
La cometa permaneció escondida debajo de la cama, como un nuevo juguete, mis hermanos Toño y Coqui decidieron llevarla a la casa de los abuelos en Mirones Bajo. Y un fin de semana hizo su aparición el tío Edmundo con la combi del abuelo "Don Goyo". Para evitar cualquier problema y alguien viera "el avión" perdido, mis hermanos la cubrieron con una manta y de forma cuidadosa la bajaron por las escaleras hasta introducirla en la combi. Partimos como era la costumbre de todos los fines de semana hacia la casa de los abuelos. Las caras de satisfacción y de alegría podía percibir en mis hermanos, ya tenían un nuevo juguete para poder disfrutar el fin de semana. Compraron una madeja de pabilo y la hicieron volar cerca del colegio, que quedaba cerca a la casa de los abuelos, yo contemplaba como ellos se divertían a sus anchas haciendo volar "el avión" que nunca más voló por las calles de Lince...

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