Los fines de semana, casi siempre la familia estaba reunida. El día domingo de cada quincena, mis padres realizaban lo que nosotros llamábamos de "hacer el mercado", las compras eran de todos los alimentos que se necesitaban en casa. No hacía falta que mis padres nos pidieran para acompañarlos, quien quería ya estaba sentado en el carro para ayudarlos, ya que posteriormente recibiríamos una jugosa recompensa. El recorrido era corto, el mercado número 2 de Surquillo era el escogido. El bullicio característico de todo mercado con los vendedores ofreciendo a voz de cuello sus productos, gente recorriendo por los pasadizos de los puestos con sus canastas para llevar las compras del día. Mi madre era la encargada de hacer las compras, con un listado en manos, se ubicaba en unos de sus puestos favoritos..."buenos días cacerita..." Le saludaba la vendedora y mi madre comenzaba a dictar los productos que iba a comprar. Mientras ella estaba ocupada con esas compras, mi padre nos llevaba a los puestos de jugos. Se podía sentir los aromas de las frutas, de la miel y del sonido estruendoso del motor de la licuadora. Nos sentábamos en unos banquitos de madera alrededor del mostrador. La pizarra con los nombres de los jugos y sus precios estaba ubicada en un lugar estratégico y el encargado, a quien llamábamos de "Juguero", estaba listo para recibir la orden y prepararnos lo que le indicábamos, en efecto, mi padre pedía para nosotros un jugo que se llamaba "El especial". El "juguero" ya tenía previamente cortadas las frutas en un pequeño vaso con tiras de zanahoria y beterraga. De forma magistral colocaba en el vaso de la licuadora cada componente, agregaba el agua de piña que estaba en un recipiente, un toque de azúcar y un chorro de leche. Nosotros mirábamos con ansias que terminase y saborear el jugo. Para finalizar, mientras licuaba agregaba un huevo crudo y un toque de algarrobina. Colocaba unos vasos de vidrio de gran tamaño en fila india enfrente de nuestras narices y con maestría vertía el jugo a través de un colador. Bebíamos el jugo y la mistura de las frutas provocaba una sensación indescriptible en nuestro paladar, era nuestro primer "desayuno", mi padre también hacia parte de ese ritual semanal que con satisfacción ofrecía a sus hijos. Para recrear esa etapa de mi niñez, de vez en cuando me preparo ese tipo de jugo, con solo saborear me transporta de forma mágica para aquella mañana en el mercado de Surquillo.
miércoles, 27 de octubre de 2021
jueves, 30 de septiembre de 2021
La frazada Lustradora
Cuando teníamos pocos meses de haber ingresado al colegio, siempre nos pasaban revista de cuadra, cama y ropero. El teniente de compañía era el encargado de la revisión, él daba su veredicto, todo debía estar impecable. Para no tener problemas, y dejar el piso de la cuadra como un “espejo” se empleaba a un voluntario para ser llevado dentro de una frazada y ser arrastrado por todo el piso de la cuadra. Había un cadete pequeñito muy parlanchín apellidado Villalba Saldaña “feto”, que casi siempre era quien se prestaba para hacer el lustrado. Todo el personal de la cuadra tomaba parte, el cadete Villalba era llevado de arriba para abajo, al final de aquella “faena” siempre acaba “apanado” y nunca supo que la frazada que se usaba era suya.
Los borceguies perdidos
En la época que estudiábamos el 4to. año, tuvimos un enfrentamiento con las “vacas” de la 37, y el jefe de batallón decretó que nos castiguen por falta a la autoridad, después de la “hora de cadete” fuimos directo al estadio en donde corrimos sin parar hasta bordear la medianoche y después sin tiempo para darnos un baño, tuvimos que dormir con el uniforme puesto. A partir de ese hecho, nos cambiaron de monitores y nos enviaron a los más “matones” para calmar nuestro vejamen. Para tan mala suerte, a la 9na. sección le tocó bailar con la más fea, enviaron al panameño Vega, un moreno que medía 1.90, al lado de él parecíamos soldaditos de plomo. Nadie se le podía empalar, y todos los domingos por la noche nos pasaba revista en pijama y nos castigaba con el colgador en la mano. Ya cansados de esa rutina dolorida alguien de la cuadra decidió romper el interruptor, tuvimos que cambiarnos de ropa a oscuras por varios meses, todo ello era para evitar aquel maltrato. La venganza más recordada con mucha jocosidad hasta el día de hoy fue la substracción de los apreciados borceguíes de paracaidista, del monitor Vega y que todos los llamaban de “panameños” porque solo ellos los usaban dentro del colegio. Una mañana cuando salimos a formar, el famoso monitor se apareció “calzando” sus sayonaras con medias, nadie podía contener la risa al ver ese espectáculo. Al siguiente año muy orondo el cadete "Beto" Sánchez lucía los famosos borceguíes “perdidos”.
Nuestros queridos profesores
En 3er. Año, en las clases de matemáticas teníamos un profesor, el cual tenía el apodo de “sérpico”, era un tipo delgado y que casi siempre usaba barba y bigote, llegó en reemplazo del profesor Astocaza, gustaba vestirse con casaca de cuero y con un pantalón de vastas acampanadas, lentes oscuros, cabello largo, y borceguíes. Era odiado y temido por los alumnos, jalaba a casi toda la sección y por ello se le tenía cólera. Un día de clase hubo un “palomilla” al que se le ocurrió la forma de “vengarse”, y no tuvo mejor manera de colocarle una masa pegajosa en su “querida” casaca…ya se imaginaran su reacción y su represalia personal, desaprobando a muchos de la sección a fin de año. Muchos tuvimos que hacer vacacional para aprobar el curso de matemáticas en pleno verano de 1983.
En 4to. Año, tuvimos al profesor de matemáticas, Vílchez , un tipo muy recto a la hora de impartir sus clases y que no gustaba de algún disturbio, nos trataba como si fuera un instructor militar, cada vez que llegaba al aula, con su compás y escuadra gigantes y se sentaba en su pupitre, pasaba lista e “invitaba” a un grupo de cadetes a abandonar el salón de clase, y siempre entre ellos estaba el famoso cadete “chanchez chanchez”, al que le decía que era mejor tenerlo lejos de su presencia porque siempre estaba haciendo cualquier cosa menos estudiar matemáticas… Alguien por ahí escuchó que el profesor lo retó a una contienda para arreglar el asunto como los hombres.
Otro profesor muy “querido”, era el del curso de Biología (4to. Año), Chávez Mego, un tipo cascarrabias, como palomillas de aquella época casi quemamos el laboratorio de Química al manipular instrumentos sin su consentimiento, y fuimos separados de las clases, solo nos quedó esperar la hora del examen final o la famosa 5ta. nota, por ahí se corrió el rumor que la prueba iba a ser difícil, y como en la novela de Mario Vargas Llosa, “La ciudad y los perros”, ciertos alumnos robaron varias pruebas de la secretaria académica y descubierto ese caso, los profesores de varios cursos tuvieron que hacer nuevos exámenes para ser impresos y cumplir con el cronograma de fin de año. Para felicidad de todos, el examen de biología no fue nada difícil y la mayoría de la sección fue aprobada, solamente quedó el recuerdo de quienes alguna vez tuvimos alma de “piromaniacos".
En 5to. Año el curso de música, el profesor era conocido como “pajarito”, un profesor más bueno que el pan, muy buena gente, asistíamos al salón de música para escuchar música clásica, el cual estaba ubicado al lado de los baños en la primera planta del pabellón de Las Américas, en donde nos daría una clase de los principales compositores, y casi todos, para no decir la mayoría nos poníamos a dormir en las bancas al ritmo de Vivaldi, Bach o Beethoven y pasar las dos horas académicas con Orfeo. Al final de año toda la sección fue aprobada con nota sobresaliente.
El dulce botín
En la 9na sección, teníamos un grupo que se autodenominó la “manchita”, hacían sin números de travesuras propios de su edad. Y en una de esas noches decidieron conseguir aquellas golosinas sin hacer pago alguno, llamaron al malacate dentro de la cuadra y lo entretuvieron preguntando los productos que vendía, cuando él menos imaginaba era cubierto por una frazada y de forma inmediata la manchita desaparecía llevándose el “dulce” botín, a raíz de aquel episodio por un tiempo los malacates desaparecieron, no podían quejarse porque el negocio que realizaban no estaba permitido. Meses después hacían su aparición pero con mucho sigilo para no ser víctimas otra vez del famoso “grupito”.
lunes, 27 de septiembre de 2021
El avión
Tendría 4 años y hasta el día de hoy lo recuerdo. Vivíamos en Lince, en el tercer piso de la propiedad del abuelo Gregorio, "Don Goyo", era una tarde de agosto, y se podían ver las cometas volando encima de la Av. Canevaro y Garcilazo. Mi madre como era su costumbre estaba en la pequeña lavandería, retirando las ropas para después colocarlas en el cordel de la azotea. Yo estaba observando en el pequeño balcón todos los techos de las casas de la calle Garcilazo, acompañado del ruido de la lavadora como las cometas sobrevolaban y hacían piruetas al comando de los niños y jóvenes morenos que vivían en aquel lugar. Había una cometa, que todos la conocíamos de "avión", que comenzó a perder vuelo, a pesar de los esfuerzos de sus maniobristas, se escuchaban voces que iba a caer, yo seguía observando cuando de forma sorpresiva la cometa comienza a perder vuelo cayendo cerca del balcón donde estaba, quedando enredada. Toño, mi hermano mayor, apareció de modo sorpresivo con una tijera cortando el pabilo y tomando la cometa para posteriormente entrar en casa rápidamente para esconderla debajo de la cama. Yo continuaba como mudo testigo de lo que estaba sucediendo. Escuchaba voces y la aparición de tres a cuatro morenos que de manera acrobática habían subido por los techos preguntando a gritos por la cometa. La aparición de mi madre como una fiera y una escoba en manos para espantarlos a dejar el balcón. Ella me apartó y les grito que llamaría a la policía. Los morenos se esfumaron con las manos vacías y decepcionados.
La cometa permaneció escondida debajo de la cama, como un nuevo juguete, mis hermanos Toño y Coqui decidieron llevarla a la casa de los abuelos en Mirones Bajo. Y un fin de semana hizo su aparición el tío Edmundo con la combi del abuelo "Don Goyo". Para evitar cualquier problema y alguien viera "el avión" perdido, mis hermanos la cubrieron con una manta y de forma cuidadosa la bajaron por las escaleras hasta introducirla en la combi. Partimos como era la costumbre de todos los fines de semana hacia la casa de los abuelos. Las caras de satisfacción y de alegría podía percibir en mis hermanos, ya tenían un nuevo juguete para poder disfrutar el fin de semana. Compraron una madeja de pabilo y la hicieron volar cerca del colegio, que quedaba cerca a la casa de los abuelos, yo contemplaba como ellos se divertían a sus anchas haciendo volar "el avión" que nunca más voló por las calles de Lince...
El polo Mickey Mouse
Miguel desde pequeño fue un niño inquieto, siempre haciendo cualquier travesura de su edad. Pero gustaba de jugar con niños mayores que él, ya sea jugando pelota, lingo, bata o policías y ladrones. Era un líder dentro de los niños de su edad. Mi madre sufría porque cada vez que regresaba a casa, le decía: "pareces que has trapeado el piso de la calle...", él solía sonreír sin maldad y sin saber responder el por qué.
Eran tiempos que la familia se visitaba, recibíamos con alegría a los tíos, primos y familiares en casa, por aquella época de los años 80. El tío Benjamín y la tía Hilda siempre solían visitarnos y compartir con mis padres largas conversaciones y que años después se convierten en compadres haciendo más profundo esa amistad familiar. Ellos solían viajar a los Estados Unidos a visitar a su única hija que residía en ese país. En uno de sus tantos viajes, la tía Hilda trae algunos recuerdos de su visita a Disneyworld y le entrega a mi hermano Miguel un polo del ratón famoso Mickey Mouse, no fue casual ese regalo, ya que el nombre de aquella caricatura famosa era el nombre Miguel en inglés.
Mi hermano no esperó alguna ocasión para poder lucir el polo nuevo, recibió de las manos de mi tía agradeciendo y en ese momento desgarró la bolsa y se colocó el polo.
No sé que habrá pasado en la cabeza de mi hermano Miguel, que decidió usar el polo de Mickey Mouse todos los días, el niño que fue por esa época lo usaría como una "marca registrada". No esperaba que mi madre lavase aquel valioso regalo, ya que lo utilizaba de forma diaria, después del colegio y todos los fines de semana era la prenda favorita a utilizar.
Todas las noches, en la lavandería del jardín cantando lavaba de manera secreta su polo de Mickey y lo colgaba en el cordel para posteriormente vestirlo en casa o en la calle jugando con sus amigos. El polo amarillo que fue, comenzó a perder el color y la figura del famoso ratoncito comenzó a desgastarse, el uso diario y frecuente le comenzaba a pasarle factura, pero para Miguel no había problema en seguir usándolo. El tiempo transcurrió, el niño que fue creció y el deterioro del uso hizo que el famoso polo nunca más fuera usado por él. Ni mis padres, hermanos ni yo le preguntamos que había sucedido con su polo favorito, Mickey Mouse desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastros...
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